martes, 8 de abril de 2008

SANGKHLABURI O EL VALLE DE LAS SONRISAS

Y la sonrisa brotó de los labios de la gente como florecen los almendros, así de repente, sin casi darse uno cuenta. Llegamos a este lugar recomendados por un amigo, médico de flower, mi amiga-ahijada. Él estaba en un campamento para refugiados birmanos con una O.N.G, nos pareció interesante, así que después de los tigretones, las cascadas y cansados de ser turistas de manual nos plantamos allí. Un lugar verdaderamente mágico, el primero que se ajusta a las traicioneras expectativas o mejor dicho lo supera. Sangklaburi…me suena a lugar sagrado y creo que debe ser algo así, porque se respira una energía muy fuerte, a veces densa, muy densa. Encontramos aquí otro tipo de paraíso, esa palabra que nos “regalaron” los persas y significa literalmente “jardín amurallado”.

Tiene un lago enorme que podía ver desde la habitación, un puente larguísimo de madera, el más largo de Tailandia, hecho a mano y cuando digo hecho a mano, me refiero al puente mas artesanal que te puedas imaginar, de esos que a lo mejor jugando a construir con los palos que más a mano tuvieses, podías llegar a hacer una tarde de verano cuando eras pequeño en el riachuelo de tu pueblo. Es una lástima porque se está cayendo, literalmente, no sé los años que tendrá, pero gracias a ese puente la gente puede cruzar al pueblo para trabajar, ir al mercado, etc, porque la distancia por carretera es enorme debido a la gran vuelta que hay que dar. La primera vez que lo crucé sentí un vértigo increíble y es que algunas maderas estaban sueltas, otras simplemente ya no estaban y podías ver el enorme vacío que a mí me parecían los 10 metros que me separaban del lago. Sentía miedo, pero como siempre, tenía que seguir hacia adelante, la segunda vez fue más suave y la tercera y la cuarta… Algunas veces se convertía en un ejercicio de atención y respiración de plena consciencia, por la necesaria lentitud con la que daba cada paso. Se convirtió en un lugar de culto el tiempo que permanecimos allí. Y no hablar de la sopa que encontramos al otro lado del puente, que por poco menos de 20 céntimos de euro, podías degustar la mejor sopa que he comido nunca, poniendo en duda incluso la de marisco que hace mi madre para navidad (lo siento mamá) y encima te regalaban el té.

A este lado del puente vivían los Mon (una etnia que habita en la frontera entre Tailandia y Birmania). Todo eran casas bastante sencillas, humildes, tiendecitas, algunos puestos para los turistas nacionales y poco más…pero es que todo el mundo sonreía, ¡todos! Mujeres, hombres, niños, viejos…algunas caras tuneadas por la “tanaca”, una especie de arcilla amarilla que se saca de un árbol y se hace una pasta al mezclarlo con agua y se pone sobre la cara. Es una costumbre bastante antigua que utilizaban las tribus para protegerse del sol y aclarar la piel y embellecer el rostro y sí, no tardé ni dos días en averiguar qué era esa pasta amarillenta que lucían, y sí….cuando supe lo que era me lo compré, y sí…pienso que a lo mejor algo me hace (¡quién sabe quizá mis manchas desaparezcan para siempre bajo el poder de la tanaca!).

Un día cruzando el puente tuvimos la ocasión de presenciar algo que a los dos nos emocionó….de repente mucho barullo, gente, mucha gente esperando a los pies del puente y muchas cañas de bambú, no entendíamos nada y empezamos a elucubrar sobre el propósito que tenían aquellas personas y de repente todo se organizó empezaron a moverse, darse voces, unos cogían las varas de bambú, otros iban trepando las laderas del puente, otros cortando cuerdas, otros ajustando con el machete la longitud de las varas…en un momento se originó una perfecta sincronización de un trabajo en equipo, era perfecto, ordenado, a pesar del bullicio, cada uno estaba haciendo lo que tenia que hacer, las mujeres anudando cuerdas para unir las varas, los hombres mayores en cuclillas con el machete, los hombres mas jóvenes subidos al puente….¡estaban arreglando el puente!, su puente. No sé como explicarlo, pero ahí estábamos en medio de todo eso, presenciando una obra ejemplar comunitaria, como un día que estaba en Suan Mokh ( en el retiro) haciendo una meditación caminando y me detuve a mirar como un grupo de hormigas trabajaba en perfecta armonía….no sé cuanto rato estaría allí atontada contemplándolas, pero eso me estaba ocurriendo nuevamente, ahí estábamos los dos sumergidos en la frenética armonía de la reconstrucción de su puente de madera, pero a escala real, con personas. Fue bonito experimentar el poder y la fuerza que tiene el grupo, porque hay veces que se nos olvida en esta desenfrenada carrera hacia la individualidad que estamos viviendo hoy en nuestra sociedad, menos mal que todavía nos queda algún evento donde la comunidad cobra fuerza, aunque no sea en las ciudades: la vendimia, la matanza del cerdo…esta última un poco desagradable la verdad, pero recuerdo cómo en el pueblo se juntaba los vecinos para el suceso en la cuadra y cada uno hacía lo que tenía que hacer…y después el dueño del cerdo repartía en señal de gratitud chorizos, morcillas, salchichas y hacía una comida para celebrar y compartir…quizá incluso esto también se haya perdido…no sé. Llevo un rato pensando en qué eventos compartimos en las ciudades y me entristece un montón que no me venga ninguno a la cabeza, sólo las fiestas y eso no me vale.

En este sacro lugar conocimos a Pon Pon una mujer birmana de trentaitantos años implicadísima en ayudar a su comunidad. También conocimos a Phil, un inglés que coordina una ONG ( www.generation-journey.org ), ayudando a los refugiados de la zona creando un poblado para que puedan “echar raíces” y levantar lo mas parecido a un hogar a pesar de estar lejos del suyo. También conocimos a Didi, una mujer italiana que casi “sin querer” lleva 17 años en este lugar y dirige Baanunrak, un orfanato, hogar para niños ( como ella lo llama). Acogió a un niño, luego dos y de repente hoy ya son 147 los que cuida, da de comer, educa e intenta dar una vida digna, la que se merecen estos niños, pues cuando te enteras de sus historias te entran unas ganas terribles de hacer algo contra aquellos que han podido hacer daño a estas criaturas de lo que a lo mejor luego te arrepientes: abandonos, abusos sexuales, maltratos… cuando charlamos con ella pudimos ver un explícito cansancio dibujado en su cara, en sus palabras, en sus gestos…pero ahí sigue al pie del cañón. Le pregunté de donde saca las fuerzas para seguir luchando, porque lo de Didi es una titánica lucha diaria, pues no tiene casi entradas fijas de dinero, exceptuando familia y amigos de Italia que empezaron a ayudarla hace 17 años y siguen leales a la causa, alguna ayuda gubernamental y algún que otro cheque escurridizo de empresarios, que tras la insistencia de esta mujer de que visiten el hogar y ver a los niño/as lo bien que están no pueden evitar que se les encoja al menos por unos instantes el corazón. Pero toda ayuda es escasa y casi siempre se ve a final de mes inventándose lo que sea para dar de comer a los suyos. Nos cuenta que sus fuerzas salen de la meditación y de la convicción de la filosofía de su maestro, un Gurú indio que predica que todos somos uno y que en el mundo el prójimo es tu hermano, tu madre, tu padre… y que hagas por ellos lo que te gustaría que hiciesen por tí… esto, cómo que me resulta muy familiar… (Anandamarga=el camino de la felicidad).

Y es lo que ella hace, porque no hay otra forma y piensa en positivo, porque nuestros pensamientos son la antesala de lo que ocurrirá en el futuro, y su visión es positiva para estos niños. Nos cuenta también que el grupo de niños más difíciles de trabajar son los que han sido abusados sexualmente, porque es muy complicado sobreponerse a una situación tan dura y traumática. Su forma de trabajar estos sucesos con los niños (entre otras cosas) es a través de la meditación y la repetición del mantra: BABA NAM KEVALAM (El amor es todo cuanto hay), porque está convencida del poder curativo de este mantra y que sólo el Amor puede curar algo tan inhumano y cruel. (www.baanunrak.org). Es dura esta realidad pero en una población de 10.000 habitantes existen 9 hogares para niños.Sin comentarios….

También conocimos a unos cuantos voluntarios que llegan a Sangklaburi a prestar su tiempo y dedicación a diferentes ONG’S que trabajan en la frontera con refugiados, algunos un mes, otros dos o tres y algunos ya llevaban “sin querer” dos años.

Y nosotros estuvimos 10 días en el poblado con la manos llenas de barro pintando una casa, ¡una casa de barro con mis manos!, la experiencia ha sido bonita, sentir la tierra, el agua, modelando con las manos las paredes…Existen estudios que demuestran que al trabajar con las manos y mancharse se segregan unas hormonas parecidas a las endorfinas que generan una gran fuente de placer, como hacer el amor o comerse un trozo de la mejor tarta de chocolate que te puedas imaginar ( bueno, salvando las distancias…) y así me sentí, muy agustito y os aseguro que fácilmente “sin querer” podríamos haber estado más tiempo, pero supongo que a lo largo de este viaje vamos a encontrarnos con sitios y personas tan especiales cómo éstas, porque al fin y al cabo esa es una de la razones de ese viaje, encontrar personas que sin renunciar a sus sueños consiguen unir fuerza y acción, una fuerza que no puede surgir de otro lugar que no sea el alma para convertir este mundo en un lugar más justo y equitativo y ya lo dice el dicho: “quien busca halla”, y yo que estoy convencida de ello, aquí sigo pidiéndole al universo y al cosmos (como buena alquimista de emociones y sentimientos que soy…) que siga conspirando para que todo lo que esté por mostrarse en este camino me coja con el corazón y los ojos bien abiertos.

Elena

5 comentarios:

Unknown dijo...

Querida Elena,
tus palabras me llena el alma, me trasladan a tu lado y a tus vivencias, aqui te etoy esperando para compartir tanta lucidez y colaborar con el mundo desde nuestra profesión para hacerlo un mejor lugar, una pequeña gota de agua y arena es inmensa siempre y cuando la llevemos a su destino. EL 27 de abril voy a Venezuela dos semanas, hasta allí llegarán vuestros ecos. Besos a los dos.

Anónimo dijo...

Fiorellino!!!! que lineas más bonitas habeis escrito, es como un pequeño cuento de la realidad, y eso es lo que lo hace tan intenso, porque no es un cuento de hadas sino de gente real, y de gente que busca como ayudar a otros sin pedir nada a cambio, aunque si lo piensas que mejor pago que una sonrisa. Se me ha puesto un nudo en el estomago y tó.. y las fotos espectaculares, son bellisime..todas vuestras experiencias alli hacen que un reflexione mucho de lo que pasa en el dia a dia "aki" y a darle la importancia justa a las cosas. Besitos a los 2.

Cris dijo...

Estoy disfrutando mucho vuestro viaje... aunque desde el patio de butacas :) muchas gracias por las fotos y por endulzarlas con las palabras :) Besos para los dos¡

RojaRoc dijo...

Felicidades Elena, por lo que nos cuentas y por cómo lo cuentas. Me ha emocionado pensar en esos niños, en esas gentes y he sentido vergüenza por mis pobres dramas y mis rídiculas preocupaciones.
Gracias por toda la verdad que nos transmites, la sonrisa de Sangkhlaburi ha inundado mi corazón.
Gracias por compartir vuestra experiencia y muchos besos a los dos,
Carmen

Anónimo dijo...

Muchas gracias Elena y Carlos por compartir con tod@s este viaje. Me entran muchas ganas de hacer las maletas y largarme a buscaros por el mundo. Como no lo voy a hacer os envio un fuerte abrazo y aquí quedo, esperando con impaciencia vuestras noticias, que Mery me guarda en su ordenador. Gracias. Besos, muchos besos.